
En muchos libros de Teología se dice que Cristo no es que formase parte de la historia, sino que Él mismo era Señor de la historia y determina todo su devenir.
Por eso, Tú fuiste impulso de aquel mayo de 1487. Fuiste la fuerza de Mosén Pedro de Santisteban. Fuiste el encarnado en la Reina Inmaculada de Dolores, del Rosario y Asunta a los cielos. Fuiste el Fuego en el Corazón de Roque y Sebastián. Tú fuiste luz de los moriscos, de los cristianos viejos. Tú fuiste el Santísimo Cristo Sacramentado, de los Danzantes, de la flauta y el tamborino. Tú fuiste el fundamento y la esperanza de D. Pedro Maldonado, de D. José García, de D. Diego Ruiz Mármol, de D. Francisco Torreblanca, de D. Bernardo Moraga, de D. Cristóbal Moreno López. Fuiste la palabra, la sabiduría, la vehemencia y la vía inspiradora de Padre Miguel Sánchez. El del resurgir de las cenizas, el del Almendro, de todos los que en ti vivimos y morimos, para vivir siempre en tu Sagrado Corazón.
Eres el Fruto del Árbol que se plantó en esta villa, el del Cetro de Mayordomo, el destruido en el 36, el de la recaudación del 41, el de Ruiz Montes. El de ayer, el de hoy, el de siempre.
El de nuestros padres, abuelos, bisabuelos y todos los ancestros que vinieron antes de ellos.
Eres el Señor de los cuatro lazos.
Eres el de Nuestra Señora, la de los Dolores, la de Candelaria, que como era natural eligió ser tu madre. Esa Madre sin pecado Concebida, fuente de Lágrimas.
Eres tantas cosas, Señor de la Historia, Corazón que palpita en la antigua villa, aquella que se llamó por los Mexíes, o por ser bonita para los que la levantaron.
El de los capirotes y las capas negras, y las túnicas verdes. La penitencia de la Magdalena, el gozo de Ángel, la ilusión del Campanillero.
Y así debía ser, porque en esta Iglesia primitiva, rotunda, dañada, pero nunca vencida, de esqueleto mudéjar, que es de todos, fruto de D. Diego de Vergara, vivirías desde entonces, hasta hoy y para siempre. Porque Cristo vive, por los siglos, trascendiendo todo lo material, toda la historia. Al que miraron aquellos, es al que miramos hoy. Piedra angular de Almogía, Rey de reyes, Señor de señores, Sacerdote primero de esta Iglesia, Alcalde eterno, el que vive en la Ermita, en las astillas del Convento, en el Castillo, en la Plaza, donde reluce más que el oro, porque es el Sol que alumbra los colores de los sombreros de verdiales, el Dador de vida en los cortijos, lagares y campos amplios de nuestro término, el Vecino más ilustre, el del verdor de las hojas que se harán pleita, principio, sentido y final.